El acero se somete a un proceso de laminación para reducir su espesor y uniformizarlo. En este proceso, el acero se coloca entre dos rodillos, cuyo espesor se modifica manipulando su longitud en lugar de su anchura. Esto se debe a que el punto de contacto longitudinal entre los rodillos es mucho menor que el ancho de la chapa de acero que se introduce entre ellos. Esto garantiza que se trabaje el acero longitudinalmente y que el rodillo trabaje a lo ancho.
Existen dos tipos de procesos de laminación: laminación en caliente y laminación en frío. La distinción básica entre estos dos procesos radica en la diferencia de temperatura de procesamiento con respecto a la recristalización del acero. Cuando la temperatura de procesamiento de la deformación del acero es superior a la temperatura de recristalización, se denomina laminación en caliente. Por otro lado, si la temperatura de procesamiento es inferior a la temperatura de recristalización, se denomina laminación en frío.
Proporciona al acero suavidad y dúctil. La dureza del acero no se puede modificar tras el proceso de laminado en caliente. Esta dureza está relacionada con la composición química del metal y la velocidad de enfriamiento. Sin embargo, el laminado en caliente puede provocar la pérdida de acero por oxidación y un acabado superficial deficiente.
En el laminado en frío, la dureza es mucho mayor que en el laminado en caliente. Este proceso permite obtener cualidades físicas del metal que normalmente no se obtienen con el laminado en caliente. Permite eliminar errores como la contracción. En resumen, el laminado en frío produce una chapa metálica final con mayor precisión dimensional y de propiedades que la obtenida con el laminado en caliente. La chapa metálica presenta una superficie más lisa y aumenta la resistencia del acero. Sin embargo, la ductilidad disminuye. La deformación hace que el acero sea más frágil. Además, el metal final obtenido requiere un calentamiento regular para su trabajabilidad.
Las tensiones horizontales y verticales causadas por los rodillos comprimen y restringen el acero. Los rodillos ejercen una tensión vertical sobre la pieza de acero y, al mismo tiempo, el metal ejerce presión sobre ellos. Los rodillos están expuestos a deformación elástica debido a la presión inducida por la pieza de metal.
Esto provoca una distribución desigual del espesor del acero, de modo que este es mayor en el centro y disminuye a medida que se desplaza por los bordes del metal. Un centro más grueso indica que los bordes del acero son más alargados. Esto implica que los bordes están sometidos a mayor tensión y que también hay más tensión en el centro del metal de trabajo. El espesor desigual puede dar lugar a defectos en la chapa de acero final, pudiendo causar deformaciones, grietas o arrugas.
Para contrarrestar esto, se utilizan rodillos de soporte. También se pueden utilizar materiales como el carburo sinterizado, que tienen un alto módulo elástico. En ocasiones, también se utilizan rodillos combados para contrarrestar la deflexión elástica de los rodillos. El grado de combado se puede determinar en función del ancho del acero utilizado en el laminado y del flujo de tensiones. Un combado insuficiente o nulo puede resultar en un acero con un centro más grueso. Por otro lado, un combado excesivo hará que los bordes sean más gruesos que el centro, lo cual es exactamente lo contrario de un combado insuficiente. Esto puede provocar rajaduras, arrugas y grietas en los bordes de la chapa de acero final.
